Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Jims se fue de Ingleside a principios de noviembre. Rilla lo vio partir con el corazón estrujado de lágrimas, pero libre de preocupaciones. La señora Número Dos de Jim Anderson era una mujercita tan encantadora que hacía que uno se maravillara de la suerte que había tenido Jim al conseguirla. Tenía la tez rosada, los ojos azules, un aire saludable y era carnosa y redonda como una hoja de geranio. Rilla se dio cuenta de inmediato que Jims estaría muy bien con ella.
—Me gustan mucho los chicos, señorita —anunció la mujer con entusiasmo—. Estoy acostumbrada a ellos: tengo seis hermanos menores. Jims es un niño encantador y debo decir que usted ha hecho maravillas. Está tan lindo y saludable. Va a ser como si fuera mío, señorita. Y le aseguro que le voy a tener las riendas cortas a Jim. Es buen trabajador, lo que necesita es alguien que lo obligue a ser perseverante y le maneje el dinero. Alquilamos una granja justo en las afueras del pueblo y ahí nos vamos a quedar. Jim quería vivir en Inglaterra, pero yo me negué. Tenía ganas de empezar de nuevo, en un país joven y siempre me gustó la idea de venir a Canadá.
—Me alegro tanto de que vayan a vivir cerca de aquí. ¿Va a dejar que Jims venga a verme de vez en cuando? Lo quiero muchísimo.