Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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—Ya lo creo, señorita. Nunca vi un chico más adorable.

»Jim y yo somos conscientes de lo que ha hecho por él y no somos desagradecidos. Jims puede venir aquí cuantas veces quiera usted invitarlo y yo aceptaré agradecida cualquier sugerencia en cuanto a su crianza. Es más suyo que de cualquier otra persona y me encargaré de que usted lo disfrute, señorita.

Y así se fue Jims… con la sopera, aunque no dentro de ella. Después llegaron las noticias del armisticio y hasta Glen St. Mary enloqueció por completo. Esa noche se encendió una fogata en el pueblo y se quemó una efigie del Káiser. Los muchachos del pueblo de pescadores encendieron fuegos en todos los médanos en un glorioso incendio que se extendió a lo largo de diez kilómetros. En Ingleside, Rilla corrió riendo a su habitación.

—Ahora voy a hacer algo imperdonable y muy poco femenino —declaró, mientras sacaba el sombrero de terciopelo verde de la caja—. Voy a patear este sombrero por toda la habitación hasta que quede deforme y deshecho; nunca voy a volver a ponerme nada en ese tono de verde.

—No hay duda de que cumpliste tu juramento con valor —rió la señorita Oliver.


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