Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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Susan se había puesto una blusa nueva de seda negra, tan elaborada como cualquiera de las prendas que usaba la señora Elliott y un delantal blanco almidonado, adornado con un complicado borde de encaje al crochet de tres centímetros de ancho y una aplicación haciendo juego, así que sentía la tranquilidad de una mujer bien vestida; abrió el ejemplar del Daily Enterprise y se dispuso a leer los «Apuntes» de Glen que, como acababa de informarle la señorita Cornelia, ocupaban media columna del periódico y mencionaban a casi todos los habitantes de Ingleside. Había un gran titular negro en la primera plana, algo acerca de un tal archiduque Fernando que había sido asesinado en un sitio con el extraño nombre de Sarajevo, pero Susan no perdió el tiempo con material de poco interés como ése: buscaba algo realmente vital. Ah, sí, aquí estaba: «Apuntes de Glen St. Mary». Susan se acomodó en el sillón y leyó en voz alta para sacar toda la gratificación posible de cada palabra.

La señora Blythe y su visitante, la señorita Cornelia —alias señora de Marshall Elliott— conversaban cerca de la puerta abierta que daba a la galería, desde donde soplaba una brisa fresca, deliciosa, que traía soplos de perfume del jardín y alegres ecos desde el rincón verde de enredaderas donde Rilla, la señorita Oliver y Walter reían y hablaban. Dondequiera que estuviera Rilla Blythe había risas. Siempre.


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