Valancy Stirling
Valancy Stirling —¡Oh, Benjamin! —dijo la prima Georgiana con dulzura—. No la condenemos demasiado precipitadamente. Debemos recordar lo que decÃa el viejo y querido Shakespeare: «La caridad no piensa mal[22]».
—Caridad… ¡TonterÃas! —gruñó el tÃo Benjamin—. Nunca he oÃdo hablar tales cosas a una joven en toda mi vida. DeberÃa darle vergüenza incluso pensarlas, y mucho menos expresarlas. ¡Ha blasfemado! ¡Nos ha insultado! Lo único que merece es una buena azotaina y me gustarÃa propinársela. ¡H-uh-h-h-h!
El tÃo Benjamin sorbió la mitad de su taza de café hirviendo.
—¿Pensáis que las paperas pueden afectar a una persona de esa manera? —gimió la prima Stickles.
—Abrà un paraguas en el interior de mi casa ayer —resopló la prima Georgiana—. Ya sabÃa yo que presagiaba alguna desgracia.
—¿Habéis tratado de averiguar si tiene fiebre? —preguntó la prima Mildred.
—No permitirÃa que Amelia le pusiera el termómetro bajo la lengua —gimoteó la prima Stickles.
La señora Frederick estaba llorando. Todas sus defensas se habÃan desplomado.