Valancy Stirling

Valancy Stirling

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—No —respondió Valancy—, pero pensaba que usted sí los había olvidado… en especial el noveno. ¿Ha pensado alguna vez, tío James, hasta qué punto sería aburrida la vida sin los Diez Mandamientos? Ciertamente, es solo cuando una cosa se prohíbe, cuando se convierte en fascinante.

Pero la excitación había sido demasiado fuerte para ella. Se dio cuenta, por ciertas señales de advertencia inconfundibles, que le sobrevenía una crisis; y no debía padecerla allí. Se levantó de su silla.

—Me voy a casa. Solo vine para la cena. Estaba muy buena, tía Alberta, aunque creo que al aliño de la ensalada le faltaba sal, y que una pizca de pimienta de Cayena hubiera mejorado su sabor.

A ninguno de los atónitos invitados a la celebración de las bodas de plata se le ocurrió qué decir hasta que la puerta del jardín resonó al cerrarse tras Valancy en aquel atardecer. Y entonces…

—Está febril… ya dije desde el principio que estaba febril —refunfuñó la prima Stickles.

El tío Benjamin golpeó violentamente su mano izquierda con su regordeta mano derecha.

—Ha perdido la razón… para mí que ha perdido la razón —resopló airadamente—. Eso es todo lo que hay que decir. Completamente chiflada.


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