Valancy Stirling

Valancy Stirling

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—No puedo evitarlo. Anteanoche le sugerí que era mejor que Christine durmiera con ella. Ella rehusó, por supuesto… y cerró la puerta con llave. ¡Oh, no sabes hasta qué punto ha cambiado! No quiere trabajar, o al menos, no quiere coser. Cumple con sus labores domésticas habituales, ciertamente; pero no quiso barrer el salón ayer por la mañana, a pesar de que siempre se barre los jueves. Dijo que esperaría a que estuviera sucio. Le pregunté si prefería barrer una habitación sucia o una limpia, y ella me respondió: «Por supuesto que prefiero barrer una habitación sucia. Al menos mi trabajo serviría para algo». ¡Ya me entiendes!

El tío Benjamín podía entenderlo.

—La jarra de flores secas —la prima Stickles pronunció las palabras como si las deletreara— ha desaparecido de su habitación. La encontré hecha pedazos en la parcela contigua, y se niega a decirnos qué pasó.

—Nunca lo hubiera imaginado de Doss —dijo el tío Herbert—. Siempre ha sido tan tranquila, tan sensata. Un poco ingenua… pero sensata.

—Lo único de lo que puede uno estar seguro en este mundo es de la tabla de multiplicar —dijo el tío James, sintiéndose más perspicaz que nunca.

—Bueno, debemos animarnos —sugirió el tío Benjamín—. ¿En qué se parecen las coristas a los buenos ganaderos?


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