Valancy Stirling
Valancy Stirling Por muy detestable que le resultara participar en el picnic, nunca se le había pasado por la cabeza rebelarse. No parecía existir ningún rasgo revolucionario en su naturaleza, y por otra parte, sabía exactamente lo que le diría todo el mundo. El tío Wellington, que a la joven le resultaba desagradable y despreciable a pesar de haber cumplido con la más alta aspiración de los Stirling al «casarse por dinero», le susurraría al oído ostensiblemente: «¿Aún no has pensado en casarte, querida?». Y luego estallaría en la misma risa estridente con la que invariablemente concluía sus aburridos comentarios. La tía Wellington, que provocaba un terror vergonzoso en Valancy, le hablaría del vestido nuevo de Olive y de la última y fervorosa carta de Cecil. Y para evitar ofender a la tía Wellington, Valancy tendría que parecer tan contenta e interesada como si el vestido y la carta le pertenecieran a ella misma. Hacía tiempo que Valancy había decidido que prefería ofender a Dios antes que a la tía Wellington, pues Dios podría perdonarla, pero la tía Wellington jamás lo haría.
La tía Alberta —que estaba monstruosamente obesa y tenía la amable costumbre de referirse a su marido como «él», como si fuera el único hombre sobre la tierra— nunca pudo olvidar que había sido una gran belleza en su juventud, y se desolaría por la piel morena de Valancy.