Valancy Stirling

Valancy Stirling

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La señora Frederick comprendió que para recuperar el control de la conversación, debía dejar de llorar.

—Yo le dije: «Valancy, ya que no sientes el menor respeto ni por tu reputación ni por la de tu familia, ¿no tienes piedad de mis sentimientos?». Ella respondió: «Ninguna». Así de sencillo: «Ninguna».

—Los locos no muestran consideración alguna por el sufrimiento que pueden ocasionar a los demás —dijo el tío Benjamin—. Ese es precisamente uno de los síntomas de la locura.

—Entonces, rompí a llorar y ella me dijo: «Vamos, madre, intente comprenderme. Es un acto de caridad cristiana, y en cuanto al mal que ello pudiera ocasionar a mi reputación, bien sabe que no tengo posibilidad alguna de casarme de todos modos; así pues, ¿qué importa realmente?». A continuación dio media vuelta y se marchó.

—Las últimas palabras que le dije —agregó la prima Stickles con un tono patético— fueron: «¿Y ahora, quién frotará mi espalda por las noches?». Y ella dijo… ella dijo… Yo no, no podría repetirlo.

—Tonterías —dijo el tío Benjamin—. Ahora basta. No es el momento de ser quisquillosos.

—Ella dijo —la voz de la prima Stickles era apenas más fuerte que un suspiro—, ella dijo: «¡Oh, maldita sea!».


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