Valancy Stirling
Valancy Stirling James Stirling no pudo ir más allá. Abel el Aullador cruzó la cocina de un salto, le cogió por el cuello y los pantalones y lo arrojó por la puerta al otro lado del jardín sin el menor esfuerzo aparente, como si hubiera arrojado a un gatito molesto fuera de su camino.
—La próxima vez que venga a mi casa —bramó—, le arrojaré por la ventana… Y mucho mejor si la ventana está cerrada. ¡Venir aquí creyéndose Dios para dar lecciones a todo el mundo!
Valancy, con franqueza y desvergonzadamente, se reconoció a sí misma que había visto pocos espectáculos tan satisfactorios como los faldones del abrigo del tío James volando sobre una alfombra de espárragos. En alguna ocasión había temido los juicios de este hombre. Y ahora veía que no era más que un estúpido y pequeño ídolo de barro provinciano.
Abel el Aullador se volvió con una estruendosa carcajada.
—Pensará durante años en esto, especialmente cuando se despierte por las noches. El Todopoderoso cometió un error al traer al mundo a tantos Stirling. Pero dado que ya están aquí, debemos afrontarlos; son demasiados para eliminarlos. De todos modos, si se aventuran a venir aquí a molestarnos, les ahuyentaré antes de que el gato pueda lamer su oreja.