Valancy Stirling
Valancy Stirling No obstante, acudió a cumplir con su deber. Valancy le saludó con el corazón encogido. Se vio obligada a admitir que el doctor Stalling aún le causaba un gran temor. Tenía la lamentable convicción de que si sacudía su dedo largo y huesudo en su dirección y le decía que regresara a casa, ella no se atrevería a desobedecer.
—Señor Gay —dijo el doctor Stalling educada y condescendientemente—, ¿puedo ver a la señorita Stirling a solas durante unos minutos?
Abel estaba ligeramente ebrio —lo suficiente para ser extremadamente amable y muy astuto—. Había estado a punto de irse cuando el doctor Stalling llegó, pero en ese momento decidió quedarse y se sentó cruzado de brazos en un rincón de la sala.
—No, no, señor —dijo solemnemente—. Eso estaría mal, no va a poder ser. Es la reputación de mi casa la que está en juego. Debo hacer de carabina de la joven. No puede haber cortejos a mis espaldas.
Presa de indignación, el doctor Stalling parecía tan enfurecido que Valancy se preguntó cómo Abel podía soportar su apariencia. Pero a Abel no le preocupaba en absoluto.
—En todo caso, ¿qué sabe usted sobre eso? —preguntó cordialmente.
—¿Qué sé yo sobre qué?
—Sobre cortejos —dijo Abel fríamente.