Valancy Stirling
Valancy Stirling El doctor Stalling sentÃa que era muy tolerante, ciertamente; sobre todo porque en lo más profundo de su alma no creÃa que los motivos de Valancy fueran en absoluto encomiables. No tenÃa la menor idea de cuáles eran sus intenciones, pero estaba seguro de que, fueran las que fueran, no eran dignas de elogio. Cuando no podÃa entender alguna forma de proceder, inmediatamente la condenaba. ¡La simplicidad en sà misma!
—… No obstante, su primera obligación debe ser su madre. Ella la necesita e implora que vuelva a casa… Se lo perdonará todo solo con que regrese.
—Es un pensamiento bastante mediocre —comentó Abel meditabundo mientras desmenuzaba un poco de tabaco en la mano.
El doctor Stirling le ignoró.
—Ella le suplica, pero yo, señorita Stirling… —el doctor Stalling recordó que era un embajador de Jehová—… yo se lo ordeno. Como su pastor y su guÃa espiritual, le ordeno que regrese a casa conmigo… ahora mismo. Coja su sombrero, cúbrase y sÃgame ahora.
El doctor Stalling sacudió su dedo Ãndice en dirección a Valancy. Ante la visión de ese implacable dedo, la joven se encorvó y languideció visiblemente.
«Está cediendo —pensó Abel el Aullador—. Se va a ir con él. Es incomprensible el poder que tienen estos hombres predicadores sobre las mujeres».