Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy era completamente feliz. Algunas cosas se nos hacen evidentes lentamente. En otras ocasiones nos llegan como relámpagos. Valancy estaba bajo los efectos de un relámpago. Ella sabía ahora que estaba enamorada de Barney. La víspera estaba sola; y ahora le pertenecía a este hombre. No obstante, él no había hecho ni dicho nada. Ni siquiera la había mirado aún como mujer. Pero eso no tenía importancia. Tampoco la tenía lo que él hubiera sido en el pasado, o lo que hubiera hecho. Lo amaba incondicionalmente. Todo en ella se ofrecía por entero a él. No tenía deseo alguno de reprimir o renegar de ese amor. Sintió que le pertenecía tan absolutamente que, imaginarse lejos de él —o pensar en algo ajeno a su persona—, se le antojaba imposible. Comprendió simple y plenamente que le amaba cuando, apoyado en la puerta del coche, le explicó que Lady Jane se había quedado sin combustible. Ella le miró profundamente a los ojos, a la luz de la luna, y lo supo. En ese infinitesimal espacio de tiempo todo había cambiado. El pasado quedó en el olvido; todo era nuevo.
Ella misma ya no era la insignificante y solterona Valancy Stirling. Era una mujer llena de amor y, por consiguiente, valiosa y con un nuevo significado, legítimo en sí mismo. La vida ya no era vacía o inútil, y la muerte ya no podía robarle nada. El amor había desterrado sus últimos miedos.