Valancy Stirling
Valancy Stirling —Bueno, eso es casi todo. Finalmente regresé a casa y, ciertamente, no fui tan infeliz. Imagino que deberÃa haberlo sido, pero no lo fui. Padre no fue duro conmigo, y mi bebé era tan dulce, Valancy, con unos ojos azules preciosos, pequeños bucles de oro suaves como el hilo de seda, y unas diminutas manitas regordetas. TenÃa la costumbre de mordisquear dulcemente su carita satinada por todas partes… con cuidado, para no hacerle daño, ya sabes…
—Lo sé —dijo Valancy estremeciéndose—. Lo sé… una mujer siempre sabe… y sueña…
—Lo era todo para mÃ. Nadie más tenÃa derechos sobre él. Cuando murió, oh, Valancy, pensé que yo también debÃa morir… No sé cómo alguien puede soportar una angustia tan grande y seguir viviendo. Mirar sus hermosos ojitos y saber que nunca los abrirÃa de nuevo… recordar su pequeño y cálido cuerpo acurrucado contra el mÃo durante la noche y pensar en él durmiendo solo, helado, con su pequeño rostro bajo la tierra dura y gélida. El primer año fue terrible… después el sufrimiento fue disminuyendo —uno deja de pensar «este dÃa del año pasado…»— y fui muy feliz al saber que me estaba muriendo.
—¿Quién podrÃa soportar la vida si no fuera por la esperanza de una muerte futura? —murmuró Valancy dulcemente.