Valancy Stirling
Valancy Stirling —No, me gustan.
—A mà también. Son unas criaturas misteriosas, bonitas, extrañas y sorprendentes. No proceden de ningún sitio… no se dirigen hacia ningún sitio. ¡Bajan en picado! A Banjo también le gustan. Se los come. Tengo una canoa y una dippy. Hoy he ido a Port Lawrence en ella para obtener mi licencia. Es más silenciosa que Lady Jane.
—CreÃa que no habÃas ido… que habÃas cambiado de opinión —admitió Valancy.
Barney rio, con esa risa que a Valancy le disgustaba: breve, cÃnica y amarga.
—Jamás cambio de opinión —dijo brevemente.
Regresaron cruzando Deerwood. Subieron por la carretera de Muskoka y pasaron por delante de la casa de Abel el Aullador. Recorrieron la senda angosta plagada de rocas y margaritas silvestres. El oscuro pinar se los tragó. Lo atravesaron, y en él, el aire que se respiraba era dulce gracias al incienso de las invisibles y frágiles campanillas de las linnaeas[31] que cubrÃan las laderas del camino. Alcanzaron la ribera del Mistawis; tuvieron que dejar a Lady Jane allÃ. Salieron del coche y Barney guio el camino hacia un pequeño sendero a orillas del lago.
—Ahà está nuestra isla —dijo satisfecho.