Valancy Stirling
Valancy Stirling —¡Un metodista libre! —gimió la señora Frederick, como si haber sido casados por un metodista preso hubiese supuesto una mancha menos deshonrosa. Eran las primeras palabras que habÃa pronunciado. La señora Frederick no sabÃa qué decir. Todo el asunto le parecÃa demasiado terrible… demasiado abominable… una auténtica pesadilla. Seguro que despertarÃa de un momento a otro. ¡Después de todas las radiantes esperanzas que habÃa albergado durante el funeral!
—Me hace pensar en esos cómo-se-llamen —dijo el tÃo BenjamÃn con un gesto de impotencia—. Esos cuentos… ya sabéis… de hadas que arrancan a los bebés de sus cunas.
—Parece poco probable que Valancy fuese intercambiada por otra niña a la edad de veintinueve años —repuso la tÃa Wellington sarcásticamente.
—De todos modos jamás he visto un bebé con un aspecto más extraño que el suyo —el tÃo BenjamÃn desvió la conversación—. Lo dije en su momento, ¿te acuerdas, Amelia? Dije que jamás habÃa visto unos ojos como aquellos en una cabeza humana.
—Me alegro de no haber tenido hijos —dijo la prima Sarah—. Si no te rompen el corazón de un modo lo hacen de otro.