Valancy Stirling
Valancy Stirling La prima Georgiana no entendió ni una sola de estas últimas palabras. Pero le preocuparon, y pasó muchas noches en vela preguntándose qué había querido decir Valancy al pronunciarlas.
Valancy amaba su Castillo Azul y estaba completamente satisfecha con él. El gran salón tenía tres ventanas, todas ellas dominando unas vistas deliciosas sobre el exquisito Mistawis. La que se hallaba situada al final de la estancia era un mirador que Tom MacMurray —según le había explicado Barney— había sustraído de alguna pequeña y vieja iglesia de los arrabales que había sido vendida. Estaba orientado hacia el oeste y, cuando las puestas de sol lo inundaban, Valancy se hincaba de rodillas rezando como si se hallase en el interior de una gran catedral. Las lunas nuevas siempre lo traspasaban con su luz, las ramas del pino más bajo se mecían sobre su techado y, todas las noches, el tenue y sombrío color plateado del lago soñaba a través de él.
Había una chimenea de piedra justo al otro lado. No era una irreverente imitación de gas, sino una chimenea auténtica donde podían quemarse leños de verdad. En el suelo ante ella había dispuesta una enorme piel de oso pardo y, a su costado, un espantoso sofá de felpa rojo que había pertenecido a Tom MacMurray. Pero su fealdad estaba cubierta por unas pieles plateadas de lobos grises, y los cojines de Valancy le dieron un aspecto alegre y cómodo.