Valancy Stirling

Valancy Stirling

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A veces se llevaban el almuerzo y recolectaban bayas —fresas y arándanos—. Qué bonitos eran los arándanos el delicado verde de los frutos que todavía no habían madurado, los rosas y escarlatas brillantes de los que estaban en mitad del proceso, ¡el azul brumoso de los que ya estaban plenamente maduros! Y Valancy descubrió el sabor real de la fresa en su perfección más absoluta. Cierta hondonada bañada por el sol se hallaba en las orillas del Mistawis, a lo largo de la cual crecían blancos abedules a un lado y calmas hileras inmutables de jóvenes píceas al otro. Altas hierbas se erguían desde las raíces de los abedules, meciéndose con la brisa, y humedeciéndose con el rocío de la mañana hasta bien entrada la tarde. Allí encontraban frutas del bosque que podrían haber honrado los banquetes de Lúculo[40], enormes y deliciosas dulzuras colgando como rubíes de largas cañas sonrosadas. Alzaban el tallo y las comían directamente de él, intactas y vírgenes, saboreando cada fruto con toda la naturaleza silvestre contenida en su interior. Cuando Valancy se llevaba a casa cualquiera de estas bayas, esa esencia escurridiza se desvanecía y se transformaban en vulgares frutos agrestes, como los que se pueden encontrar en un mercado… idóneos para ser utilizados en la cocina, pero sin el mismo sabor que habrían ofrecido de haberlos ingerido en su valle de abedules hasta que se hubiesen teñido los dedos de un rosado similar a los párpados de la aurora.


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