Valancy Stirling
Valancy Stirling Todos los colores de los bosques en invierno son extremadamente delicados y escurridizos —recordó Valancy—. Cuando la breve tarde se desvanece y el sol roza las cimas de las colinas, parece desplegarse sobre los bosques una abundancia, no, de color, sino del espÃritu del color. Lo cierto es que, después de todo, no es más que blancura inmaculada, pero uno alberga la impresión de estar admirando una armonÃa feérica de rosa y violeta, ópalo y heliotropo, en los valles angostos y a lo largo de los recodos de la zona boscosa. Uno está seguro de que el color está ahÃ, pero cuando se mira directamente se ha desvanecido. Por el rabillo del ojo es uno consciente de que acecha por allá en algún lugar donde hacÃa un momento no habÃa nada salvo la pálida pureza. Solo cuando el sol se está poniendo se produce un fugaz instante de color auténtico. Entonces el carmesà se derrama sobre la nieve y enrojece las colinas y los rÃos, golpeando con provocación las cimas de los pinos. Un pocos minutos de transformación y eclosión… y desaparece.
—Me pregunto si John Foster habrá pasado alguna vez el invierno en Mistawis —dijo Valancy.
—Es poco probable —se burló Barney—. Las personas que escriben tonterÃas como esa normalmente lo hacen desde una acogedora casa situada en la presuntuosa calle de alguna ciudad.