Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy vivió una única noche infeliz aquel invierno. Tuvo lugar a finales de marzo, cuando la mayor parte de la nieve se había derretido y Nip y Tuck habían regresado. Barney se había marchado por la tarde para dar una caminata larga por el bosque, alegando que regresaría al anochecer si todo iba bien. Poco después de irse comenzó a nevar. El viento comenzó a soplar fuerte y, en poco tiempo, Mistawis estuvo inmerso en una de las peores tormentas de la estación. Arrasó el lago y descargó con fuerza sobre la casa. Los bosques, oscuros y furiosos sobre tierra firme, miraron ceñudos a Valancy amenazando con sacudir sus ramas —peligrosas en su ventosa penumbra—, con el aterrador rugido de sus corazones. Los árboles de la isla se agazapaban temerosos. Valancy pasó la noche hecha un ovillo sobre la alfombra situada ante el fuego, con el rostro enterrado entre las manos; en ocasiones observaba fijamente a través del mirador en un vano intento por ver a través de la furiosa neblina de viento y nieve que una vez había sido el apacible Mistawis de hoyuelos azules. ¿Dónde estaba Barney? ¿Extraviado en esos lagos despiadados? ¿Perdido y exhausto en las bifurcaciones de ese bosque carente de senderos? Valancy murió cien veces aquella noche y pagó con creces por toda la felicidad vivida en su Castillo Azul. Cuando llegó la mañana la tormenta se apaciguó y aclaró, y el sol comenzó a brillar gloriosamente sobre Mistawis; y a mediodía, Barney hizo su entrada en la casa. Valancy le vio desde el mirador mientras él pasaba por una zona arbolada, esbelto y oscuro en contraste con el reluciente exterior blanco. No corrió a encontrarse con él. Sus rodillas no le respondían, y se desplomó sobre la silla de Banjo. Por fortuna, el gato escapó a tiempo, con los bigotes erizados de pura indignación. Allí la encontró Barney, con la cabeza enterrada entre las manos.