Valancy Stirling
Valancy Stirling —¡Jamás! —murmuró Barney apretando los dientes. Dio un tirón histérico al lazo. Mientras el tren atronaba doblando la curva se levantó y agarró a Valancy, liberándola y dejando el zapato atrás. El viento provocado por el tren avanzando a toda máquina heló la abundante sudoración de su rostro.
—Gracias a Dios —resolló.
Durante un instante permanecieron mirándose estúpidamente el uno al otro: dos criaturas pálidas, temblorosas y con la mirada turbada. Entonces avanzaron trastabillando hasta un pequeño asiento situado al final de la caseta, y se dejaron caer sobre él. Barney enterró el rostro entre sus manos y no dijo ni una palabra. Valancy se sentó, posando una mirada ciega sobre el gran bosque de pinos situado frente a ella, los tocones del claro y las largas y destellantes vías. Un único pensamiento recorría su confusa mente, un pensamiento que parecía quemarla igual que una esquirla de fuego quemaría su cuerpo.
El doctor Trent le había dicho hacía casi un año que padecía una grave enfermedad del corazón, que cualquier conmoción podría ser letal.