Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy les dirigió una mirada furtiva. La señora Frederick, a pesar de aquellas horribles gafas y su nariz ganchuda —que la hacÃa asemejarse más a un loro que un loro en sà mismo—, no tenÃa mal aspecto. A los veinte años debÃa haber sido bastante bonita. ¡Pero la prima Stickles! Y sin embargo, hubo un tiempo en el que Christine Stickles habÃa resultado atractiva a los ojos de un hombre. Valancy sintió que la prima Stickles —con su cara ancha, plana y arrugada; un grano justo al final de su regordeta nariz; los pelos encrespados de la barbilla; el arrugado cuello amarillo; los ojos pálidos y saltones, y la boca delgada y arrugada— tenÃa aún esa ventaja sobre ella, y el derecho a menospreciarla. E, incluso en ese momento, la prima Stickles era necesaria para la señora Frederick. Valancy se preguntó lastimosamente cómo serÃa que alguien te quisiera, que alguien te necesitara. Nadie en el mundo la necesitaba, ni se lamentarÃa su pérdida si ella desapareciera. Era una verdadera decepción para su madre. Nadie la amaba, y nunca habÃa tenido nada parecido a una verdadera amiga.
«Ni siquiera tengo talento para la amistad», se habÃa reconocido a sà misma, consternada.
—Doss, no te has comido las cortezas —dijo la señora Frederick en tono de reprimenda.