Valancy Stirling
Valancy Stirling «¡Permíteme recordarlos todos, Dios! ¡No me dejes olvidar ni uno solo de ellos!».
Y, sin embargo, mejor sería que olvidase. Esta agonía de añoranza y soledad no resultaría tan terrible si fuese capaz de olvidar. También a Ethel Traverse. Esa bruja deslumbrante de pálida piel, ojos oscuros y pelo resplandeciente. La mujer a quien Barney había amado. La mujer a la que todavía amaba. ¿Acaso no le había dicho que jamás cambiaba de opinión? ¿Quién le estaba esperando en Montreal? ¿Quién era la esposa adecuada para un hombre rico y famoso? Barney se casaría con ella, naturalmente, cuando consiguiese el divorcio. ¡Cómo la odiaba Valancy! ¡Y la envidiaba! Barney le había dicho «te quiero» a ella. Valancy se había preguntado con qué tono diría Barney «te quiero»… la mirada de sus ojos violeta profundo al hacerlo. Ethel Traverse lo sabía. Valancy la odiaba por saberlo… la odiaba y la envidiaba.
«Todas esas horas en el Castillo Azul jamás serán suyas. Me pertenecen», pensó Valancy apasionadamente. Ethel no prepararía mermelada de fresa ni bailaría al son del violín de Abel ni freiría beicon para Barney en una hoguera. Nunca pondría un pie en la pequeña choza de Mistawis.