Valancy Stirling
Valancy Stirling Ahí le esperaba su antigua vida, como una especie de ogro ceñudo que aguarda su momento y se relame el hocico. El terror atroz que desprendía se apoderó de ella repentinamente. Cuando cayó la noche, se desvistió y se metió en la cama; desapareció ese compasivo aturdimiento y yació atormentada recordando su isla bajo las estrellas. Las hogueras… todas sus pequeñas bromas, frases y muletillas domésticas… sus preciosos y peludos gatos… luces resplandeciendo sobre las islas feéricas… canoas desplazándose sobre el Mistawis bajo la magia del amanecer… abedules blancos sobresaliendo entre las oscuras píceas como torsos de hermosas mujeres… las nieves invernales y los fulgores de la puesta de sol… lagos embriagados del resplandor de la luna… todos los placeres de su paraíso perdido. Se negaba a pensar en Barney. Solo se permitiría hacerlo sobre estas cosas de menor importancia porque pensar en Barney le resultaba insoportable.
Entonces, inevitablemente, pensó en él. Le echó de menos. Anheló sus abrazos, su rostro contra el suyo, cómo le susurraba al oído. Recordó cada una de sus ocurrencias, sus bromas, sus miradas llenas de afecto… sus pequeños cumplidos… sus caricias. Las contó todas igual que una mujer podría contar sus joyas; ni una sola olvidó desde el primer día en que se conocieron. Esos recuerdos eran todo lo que le quedaba. Cerró los ojos y rezó.