Valancy Stirling
Valancy Stirling »Cuando me envió a un colegio privado —solo tenÃa once años—, los niños me zambulleron en la piscina climatizada hasta que me subà sobre una mesa y leà en voz alta todos los anuncios publicitarios de las repugnantes patentes de padre. Lo hice… entonces —Barney apretó los puños—. Estaba asustado, medio ahogado, y todo mi mundo estaba en mi contra. Pero cuando fui a la universidad y los estudiantes de segundo año intentaron la misma artimaña, me negué —Barney emitió una sonrisa forzada—. Pensé que no podÃan obligarme a hacerlo. Pero sà que podÃan… y lo hicieron… me hicieron la vida imposible. Jamás conseguà librarme de las pastillas, los amargos de angostura y el tónico capilar. Mi apodo era «Después de usar»… ya ves que siempre he tenido el cabello muy abundante y espeso. Ya sabes —o quizás no— que los muchachos pueden llegar a comportarse como bestias despiadadas cuando consiguen una vÃctima como yo. TenÃa pocos amigos; siempre levantaba una especie de barrera entre la gente que me importaba y yo. Y los otros, los que hubiesen estado más que dispuestos a intimar con el hijo del viejo y adinerado doctor Redfern… no significaban nada para mÃ. Pero tenÃa un amigo… o más bien pensaba que lo tenÃa. Un tipo inteligente, ratón de biblioteca… una especie de escritor. Eso fue un nexo de unión entre nosotros; yo albergaba aspiraciones secretas en esa dirección. Era mayor que yo, y le admiraba y veneraba. Durante un año fui más feliz de lo que jamás habÃa sido. Y entonces apareció la parodia en la revista universitaria… un artÃculo mordaz que ridiculizaba los remedios de papá. Los nombres estaban cambiados, naturalmente, pero todo el mundo sabÃa a qué y a quién se referÃa. Oh, era ingenioso… terriblemente ingenioso. Y agudo. Todo McGill estalló en carcajadas tras leerlo. Averigüé que lo habÃa escrito él.