Valancy Stirling
Valancy Stirling Luego vendría la preocupación. La llevarían a ver al doctor Marsh, y cuando este confirmara el diagnóstico del doctor Trent, acudirían a especialistas de Toronto y Montreal. El tío Benjamín se haría cargo del pago de la factura en un espléndido gesto de generosidad hacia la huérfana y la viuda, y más tarde hablaría sin cesar de los exorbitantes honorarios de los especialistas por parecer eruditos y confesar su impotencia ante la enfermedad. Y cuando los especialistas manifestaran que no podían hacer nada, su tío James insistiría en que se tomara las Pastillas Púrpuras «que habían curado a algunas personas cuando todos los médicos se habían rendido»; su madre insistiría también en que tomara las Píldoras Amargas Redfern, y la prima Stickles insistiría en que frotara su pecho cada noche con el linimento Redfern bajo el pretexto de que podría hacerle algún bien sin causarle daño alguno; y todo el mundo tendría su propio remedio preferido para aconsejarle. El doctor Stalling la visitaría a su vez y le diría muy solemnemente: «Está muy enferma. ¿Está preparada para lo que pueda pasar?». Y eso si es que no sacudía su dedo índice ante ella, un dedo índice que no se había encogido ni era menos huesudo con la edad. Y ella sería observada y tratada como un bebé y nunca la dejarían hacer nada ni ir sola a ninguna parte. Tal vez ni siquiera se le permitiera dormir sola por si moría durante el sueño; y la prima Stickles o su madre insistirían en compartir su habitación y la cama. Sí, sin duda alguna aquello era lo que harían.