Valancy Stirling
Valancy Stirling Fue este último pensamiento el que decidió realmente a Valancy. No podía soportar esa idea y no estaba dispuesta a ello. Cuando el reloj marcó la medianoche en el salón de la planta baja, Valancy decidió, repentinamente y sin ninguna duda, que no le contaría nada a nadie. Siempre le habían dicho, hasta donde podía recordar, que debía ocultar sus sentimientos. «No es propio de una dama tener sentimientos», le había dicho en una ocasión la prima Stickles con desaprobación. Pues bien, ella se guardaría todos sus sentimientos como venganza. Pero, aunque no temía a la muerte, no le resultaba indiferente. Descubrió que sentía cierto resentimiento; no le parecía justo morir sin ni siquiera haber vivido. La rebelión inflamó su alma a medida que discurrían las horas sombrías, no porque no tuviera futuro, sino porque carecía de pasado.
«Soy pobre, fea y fracasada… y estoy al borde de la muerte», pensó. Ya podía ver su nota necrológica en el Deerwood Weekly Times, tomada del Port Lawrence Journal. «Una profunda tristeza ha caído sobre la ciudad de Deerwood, etc, etc». «… Deja un gran círculo de amistades que la llorarán, etc, etc, etc». Mentiras y más mentiras. ¡Tristeza, ni soñarlo! Nadie la echaría de menos. Su muerte no afectaría absolutamente a nadie. Ni siquiera su madre la quería; su madre, que se había sentido tan decepcionada porque no fuera un niño… o al menos, una jovencita bonita.