Valancy Stirling
Valancy Stirling —Has sido muy egoísta —le dijo su madre con frialdad, cuando Valancy le contó lo sucedido aquella noche.
Aquella fue la primera y última vez que Valancy le contó alguno de sus problemas a su madre.
Valancy no era celosa ni egoísta; pero le hubiera gustado tener su propia pila de polvo, sin importar si era pequeña o grande. Una manada de caballos había avanzado por la calle dispersando la pila de polvo de Olive; había sonado la campana, las niñas entraron en tropel en la escuela y ya habían olvidado todo el asunto antes de llegar a sus asientos. Pero Valancy nunca lo olvidó; e incluso a día de hoy se resentía en lo más profundo de su alma. ¿Pero no era ese el sino de toda su existencia?
«Nunca he podido tener mi propia pila de polvo», pensó Valancy.
Recordó también la enorme luna roja que había visto en una ocasión levantarse al final de la calle, una tarde de otoño, durante el trascurso de su sexto año. Se había indispuesto de pavor y frío ante aquella visión tan terrorífica y extraña. Tan cercana, tan grande. Se había precipitado temblorosa en los brazos de su madre y su madre se había reído de ella. Luego había corrido a acostarse ocultando su rostro bajo las ropas, aterrada, para no ver aquella luna horrible brillando a través de la ventana.