Anne y su pequeño mundo
Anne y su pequeño mundo Joscelyn volvió a arrodillarse y ambas conversaron largamente de los viejos tiempos. Uno por uno exhumaron los recuerdos del lejano verano, que encerraba lágrimas y risas. Las mentes y los corazones se aventuraron por los caminos del pasado. La tÃa Nan era perfectamente feliz. Joscelyn le contó todas sus luchas y triunfos desde que ambas se separaron.
Cuando la luz de la luna empezaba a entrar por la ventana del cuarto, la tÃa Nan puso la mano sobre la cabeza de Joscelyn y murmuró:
—Pequeña Joscelyn, si no es demasiado pedir, querrÃa que me cantaras otra canción. ¿Te acuerdas que cuando estabas aquà acostumbrábamos a cantar himnos los domingos por la noche, y que mi preferido era La arena del tiempo está bajando? Nunca olvidaré cómo lo cantabas y querrÃa volver a oÃrlo una vez más, querida. Canta para mÃ, pequeña.
Joscelyn se levantó y fue hacia la ventana. Apartando la cortina contempló el maravilloso esplendor de la noche de luna y cantó el viejo himno. Al principio, la tÃa Nan siguió el compás golpeando débilmente sobre el cobertor; cuando Joscelyn llegó al versÃculo "Con piedad y con justicia", apoyó las manos sobre su pecho y sonrió.
Al finalizar, Joscelyn se acercó al lecho.
—Me temo que ya sea hora de decirnos adiós, tÃa Nan.