Anne y su pequeño mundo

Anne y su pequeño mundo

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Comprendió que la anciana se había quedado dormida. No la despertó, pero quitándose del pecho el, manojo de rosas rojas que llevaba, lo colocó bondadosamernte entre los dedos consumidos.

—Adiós, mi muy querida, mi dulce madrecita — murmuró.

Al pie de la escalera halló a la señora Morrison, esplendorosa, con su vestido de seda negra. Su ancho rostro mostraba la más amplia de las sonrisas y se deshacía en cumplidos y atenciones que Joscelyn frenó fríamente.

—Gracias, señora Morrison, pero no me= es posible quedarme ni un rato más. No, gracias, no deseo ningún refresco. Jordan me llevará a Kensington. Sólo) vine a ver a la tía Nan.

—Estoy segura que la ha hecho muy feliz —dijo la señora Morrison efusivamente—. Hace semanas y semanas que no habla más que de usted.

—Sí, se ha sentido muy feliz —dijo Joscelyn con tono grave— y yo también. Quiero mucho a tía Nan, señora Morrison, y le debo mucho. En toda mi vida, nunca encontré otra persona tan pura, desinteresadamente buena, noble y sincera.

—¡Vaya! —exclamó la señora Morrison, algo conmovida al escuchar tales elogios para la tímida tía Nan, de boca de tan famosa cantante.


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