Anne y su pequeño mundo

Anne y su pequeño mundo

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—Debes comer algo antes —la acució—. No hay mucho en la casa. Iba a hornear mañana. Pero creo que podré conseguirte algo.

Estaba comenzando a arrepentirse de haber echado a los puercos los buñuelos de la señora Blewett cuando Sara borró tales pensamientos con un movimiento con la mano.

—No quiero comer ahora. Ya tomaremos algo juntos, como acostumbrábamos cuando teníamos hambre. ¿Te acuerdas cómo se escandalizaban los vecinos por nuestras comidas a horas irregulares? Tengo hambre, pero en el alma; hambre de echar una mirada a todas las habitaciones y lugares queridos de la casa. Ven, aún quedan cuatro horas de luz y quiero meter en ellas todo cuanto he echado de menos en estos tres años. Empecemos por el jardín. ¡Oh papá! ¿De qué sortilegio te has valido para hacer florecer al rosal achaparrado?

—No fue sortilegio; simplemente dio flores porque tú regresabas.

Tuvieron una gloriosa tarde, como dos niños. Exploraron primero el jardín y luego la casa. Sara bailó en cada habitación y luego subió a la suya, de la mano de su padre.

—¡Oh, que hermoso es volver a mi habitación, papacito! Estoy segura de que aquí me esperan mis viejos sueños y esperanzas.

Corrió hasta la ventana, la abrió y se asomó.


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