Anne y su pequeño mundo
Anne y su pequeño mundo La mujer obedeció. Caminó por la cocina lentamente, con paso duro y vacilante, ahora que habÃa desaparecido el estÃmulo del miedo frenético; pero todavÃa podÃa andar. El médico asentÃa con satisfacción.
—Haga eso todos los dÃas. Camine tanto como pueda sin cansarse y pronto estará tan ágil como antes. No le hacen falta más muletas, pero en esto no hay nada milagroso.
Judith March se volvió hacia él. Desde que preguntara por la muleta, no habÃa pronunciado palabra. Ahora dijo apasionadamente.
- Fue un milagro. Dios lo ha provocado para probarme su existencia y yo acepto la prueba.
El viejo doctor volvió a encogerse de hombros. Siendo un hombre inteligente, sabÃa cuando callar.
—Bueno, acuesten a Salome y déjenla dormir el resto del dÃa. Está agotada. Y, por amor de Dios, que alguien le ponga ropas secas a ese niño antes de que se resfrÃe de muerte.
Ese atardecer, cuando Salome contemplaba el sol desde la cama, con el corazón pleno de felicidad y gratitud, Judith entró en su habitación. VestÃa su mejor vestido y sombrero y traÃa de la mano a Lionel Hezekiah. Éste lucÃa su cara limpia y los rizos le caÃan sobre el cuello de su traje de terciopelo.
—¿Cómo te sientes ahora, Salome? —preguntó gentilmente.