Anne y su pequeño mundo

Anne y su pequeño mundo

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La anciana calló. Estaba segura de que Andrew Cameron accedería a su pedido, pero creía que lo haría descortésmente o de mala gana. No ocurrió nada de eso; Andrew se comportó más gentilmente que nunca. Nada podía serle más agradable que acceder a lo que su prima deseaba; lo único que lamentaba era que a él le costara tan poco. Su joven protegida tenía asegurada su educación musical, iría a Europa el año siguiente, y él estaba "¡en-can-ta-do!"

—Gracias —dijo la anciana cortándole otra vez su perorata—. Te quedo muy agradecida y te ruego que no enteres a la señorita Gray de mi intervención. No distraigo más tu valioso tiempo. Buenas tardes.

—¡Oh, no debes irte tan pronto! —exclamó Andrew Cameron con una verdadera amabilidad que asomaba entre la odiosa cordialidad de su voz, pues no estaba desprovisto de todas las facultades sencillas del hombre corriente. Había sido buen marido y buen padre; en una época le había tenido verdadero afecto a su prima Margaret y sentía muchísimo que las "circunstancias" lo hubieran "obligado" a actuar como lo había hecho en el viejo asunto de los bienes del doctor Lloyd. —Debes ser mi huésped esta noche.


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