Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Volvieron a llamar; esta vez era la señorita Potter. Emily se dio cuenta por los golpes secos. Estaban impacientándose. Bien, podían seguir golpeando hasta que las ranas criaran pelo, juró Emily. Ella no iría a abrir la puerta con su «Mamá Hubbard». Entonces oyó la voz de Perry explicándoles que la señorita Elizabeth estaba detrás del granero recogiendo frambuesas, pero que entraran si lo deseaban y se pusieran cómodas, mientras él iba a buscarla. Y con desesperación de Emily, eso fue lo que hicieron. La señorita Potter se sentó con un crujido, la señora Ann Cyrilla con un suspiro y las pisadas de Perry se perdieron en el patio. Emily se dio cuenta de que estaba a punto de encontrarse en una situación muy embarazosa. El calor era sofocante dentro del diminuto armario de los zapatos, donde, además de los zapatos, se guardaba la ropa de trabajo del primo Jimmy. Deseó con toda el alma que Perry no tardara mucho en encontrar a la tía Elizabeth.
—Ay, qué calor hace —exclamó la señora Ann Cyrilla, con un gran gemido.
La pobre Emily… no, no debemos llamarla pobre, no merece piedad, ha actuado como una tonta y se lo tiene merecido; Emily, que sudaba a mares dentro del estrecho recinto, estuvo absolutamente de acuerdo con ella.