Emily lejos de casa
Emily lejos de casa A mí ahora no me molestan las rabietas de Ilse, sé que jamás cree en las cosas que dice cuando está enfadada. Yo no le respondo. Le sonrío y, si tengo un pedacito de papel a mano, anoto las cosas que dice. Eso la pone tan fuera de sí que se sofoca con la rabia y no puede seguir hablando. Por lo demás, Ilse es cariñosa y muy divertida.
«No puedes controlar tus rabietas porque te encantan», le dije.
Ilse me miró.
«No, no».
«Sí, te encantan. Te diviertes con ellas», insistí.
«Bueno —contestó Ilse, sonriendo—, es cierto que me divierto con mis rabietas. Es muy satisfactorio soltar insultos y palabrotas. Creo que tienes razón, Emily. Sí me lo paso bien con ellas. Qué raro que nunca se me haya ocurrido. Supongo que si de verdad me hicieran desdichada, las evitaría. Pero cuando terminan me arrepiento. Ayer, después de pelearme con Perry, lloré una hora entera».
«Sí, y eso también te gusta, ¿no?».
Ilse reflexionó.