Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—Cuando sea pintor, te pintaré como te veo ahora —dijo Teddy— y le pondré de título Juana de Arco, con un rostro espiritual, escuchando las voces de los espíritus.

A pesar de sus voces, Emily se fue a dormir aquella noche con bastante pesar en el corazón, y por la mañana despertó con la inexplicable convicción de que ese día le traería alguna buena noticia, convicción que no se desvaneció con el pasar de las horas, con el ritmo común y corriente de los sábados en la Luna Nueva, horas atareadas en las cuales había que dejar la casa inmaculada para el domingo y había que llenar la despensa. Era un día fresco y húmedo, con niebla de la costa que traía el viento del este, y la Luna Nueva y su viejo jardín estaban envueltos en la neblina.

Al atardecer comenzó a caer una lluvia delgada y gris, y todavía no había habido ninguna buena noticia. Emily acababa de lustrar los candelabros de bronce y de componer un poema llamado Canción de la lluvia cuando la tía Laura le dijo que la tía Elizabeth quería verla en la sala.




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