Emily lejos de casa
Emily lejos de casa No hablaron tanto como de costumbre, y los silencios les provocaron ideas extrañas a los dos. Dean tuvo uno o dos impulsos locos de desistir de su viaje a Egipto y quedarse a pasar el invierno en casa, tal vez ir a Shrewsbury, pero se encogió de hombros y se rió de sí mismo. Aquella niña no necesitaba que él la cuidara, las damas de la Luna Nueva eran guardianas muy capaces. No obstante, ella era todavía una niña, a pesar de su esbelta estatura y sus ojos insondables. Pero qué perfecta la línea blanca de su garganta, cómo hacía pensar en un beso la dulce curva roja de la boca. Pronto sería una mujer, pero no para él, no para el Giboso Priest, un hombre de la generación de su padre. Por centésima vez, Dean se dijo que no haría el tonto. Debía contentarse con lo que le había dado el destino: la amistad y el afecto de aquella criatura exquisita y celestial. En los años próximos el amor de esta muchacha sería algo maravilloso… para otro hombre. Sin duda, pensó Dean con cinismo, lo desperdiciaría en algún títere joven y bien plantado que no la merecería.