Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Abrió la ventana. Daba al sur, al bosque de abetos, y su perfume sopló hacia ella como una caricia. Hacia la izquierda habÃa un claro en los árboles, como una ventana verde y arqueada, y a través de la abertura se veÃa un encantador paisaje iluminado por la luna. Además, dejarÃa entrar el esplendor del crepúsculo. Hacia la derecha se veÃa la ladera de la colina a lo largo de la cual se extendÃa Shrewsbury Oeste. En el atardecer otoñal la colina estaba cubierta de luces y tenÃa un encanto de cuento de hadas. Cerca, en algún lado, sonaba un piar amodorrado, como de pajaritos con sueño que cantaban en una rama llena de sombras.
—Ay, esto es hermoso —susurró Emily, inclinándose hacia fuera para embeberse del aire con aroma a bálsamo—. Una vez papá me dijo que uno puede encontrar en cualquier parte cosas para amar. Amo esto.
La tÃa Ruth asomó la cabeza por la puerta, sin anunciarse.
—Emilia, ¿por qué has dejado arrugada la funda del sofá del comedor?
—No… no sé —respondió Emily, confundida. No se habÃa dado cuenta siquiera de que habÃa movido la funda. ¿Por qué la tÃa Ruth hacÃa semejante pregunta, como si sospechara alguna intención siniestra, oscura, oculta?
—Ve a colocarla bien.