Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Temblando de la cabeza a los pies con la furia, la vergüenza y la humillación más intensa que había sufrido en su vida, Emily se lavó el bigote. Su primer impulso fue irse a su casa; no podía volver a enfrentarse al aula repleta de primero. Pero apretó los dientes y, con la cabeza de cabellos negros muy erguida, regresó y caminó por el pasillo hasta su asiento. Le ardían las mejillas y el espíritu. En un rincón vio la cabeza rubia de Ilse inclinada sobre su hoja. Los otros sonreían y se agitaban. El señor Scoville estaba insultantemente serio. Emily cogió la pluma, pero le temblaba la mano encima de la hoja.
Si hubiera podido llorar hasta desahogarse, la vergüenza y la rabia habrían encontrado una válvula de escape. Pero era imposible. Ella no lloraría. No les mostraría las profundidades de su humillación. Si Emily se hubiera podido reír de la broma maliciosa, habría sido mejor para ella. Pero, siendo Emily, y siendo una de los orgullosos Murray, no pudo. Se sentía agraviada por la indignidad hasta lo más hondo de su alma apasionada.