Emily lejos de casa
Emily lejos de casa En su cuarto, Emily se sentó y leyó el poema como si no lo hubiera visto antes. Había un error de imprenta en él que le puso la piel de gallina (era horrible que la luna del cazador se convirtiera en la cuna del cazador) pero era su poema, suyo, aceptado y publicado por una revista de verdad.
¡Y pagado! Claro que un cheque habría sido mejor; dos dólares propios, ganados con su propia pluma, le habrían parecido un tesoro. Pero ¡cómo se divertirían el primo Jimmy y ella eligiendo las semillas! Veía con los ojos de la imaginación aquel hermoso lecho, el próximo verano, en el jardín de la Luna Nueva, una gloria de rojos, púrpuras, azules y dorados.
¿Y qué decía la carta?
«Su poema es arte verdadero y nos alegrará recibir cualquier otro material que desee hacernos llegar».
¡Ah, bendición, ah, delicia! El mundo era suyo, el Sendero Alpino podía tenerse por recorrido, pues ¿qué significaban algunos pasos para llegar a la cima?
Emily no podía quedarse en el cuartito oscuro con su techo opresivo y sus muebles hostiles. La expresión fúnebre de lord Byron era un insulto a su felicidad. Se abrigó y fue corriendo a la Tierra de la Rectitud.
Al pasar Emily por la cocina, la tía Ruth, naturalmente más recelosa que nunca, le preguntó, con fuerte y disimulado sarcasmo:
—¿Se incendió la casa? ¿O el puerto?