Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—Ninguna de las dos cosas. Es mi alma la que se ha incendiado —respondió Emily con una sonrisa inescrutable. Cerró la puerta a sus espaldas y de inmediato se olvidó de la tía Ruth y de cualquier otra cosa o persona desagradable. ¡Qué hermoso era el mundo, qué hermosa la vida, qué maravillosa la Tierra de la Rectitud! Los abetos jóvenes, a lo largo del estrecho sendero, estaban salpicados de polvo de nieve, como si hubieran echado, pensó Emily, un velo de encaje de aire encima de jóvenes y austeras druidas que hubieran renunciado a las frivolidades y los vanos adornos. Emily decidió que escribiría esa frase en su cuaderno cuando volviera. Siguió caminando hasta la cima de la colina. Se sentía volar, no podía ser que sus pies estuvieran tocando la tierra. Se detuvo sobre la colina y permaneció quieta, una figura extasiada, absorta, con las manos entrelazadas y ojos de ensueño. Acababa de caer el sol. Allá lejos, por encima del puerto cubierto de nieve, unas nubes grandes se arremolinaban en masas luminosas e iridiscentes. Más allá había colinas blancas, relucientes, con las primeras estrellas en el cielo. Entre los troncos oscuros de los abetos viejos, a su derecha, a través del aire cristalino del atardecer, se levantaba una luna llena inmensa y redonda.




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