Emily lejos de casa
Emily lejos de casa En su cuartito iluminado con velas, Emily miraba a Emily del espejo con considerable satisfacción, satisfacción, por otra parte, justificada. El rubor escarlata de sus mejillas y la profunda oscuridad de sus ojos grises resaltaban sobre el vestido color ceniza de rosas, y la coronita de hojas plateadas entretejida alrededor de sus cabellos negros la hacían parecer una joven dríada. Pero no se sentía una dríada. La tía Ruth la había obligado a quitarse las medias de encaje y ponerse las de cachemira; en realidad, había intentado obligarla a ponerse las de lana, pero había desistido, derrotada en ese punto, aunque recuperó su posición insistiendo en una enagua de franela.
«Es espantosa, hace bultos», pensó Emily, resentida, hablando, por supuesto, de la enagua. Pero se usaban las faldas amplias y la esbeltez de Emily permitía hasta una gruesa enagua de franela.
Acababa de colocarse al cuello la cadena egipcia cuando entró la tía Ruth.
Una mirada bastó para darse cuenta de que la tía Ruth estaba furiosa.
—Emilia, acaba de llegar la señora Ball. Me ha dicho algo que me ha asombrado. ¿Lo que vas a hacer esta noche es participar en una obra de teatro?
Emily se quedó mirándola.
—Por supuesto que es una obra de teatro, tía Ruth. Tú lo sabías.