Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Podía hacer tres cosas. Aporrear el viejo llamador de bronce de la puerta hasta que la tía Ruth bajara y la dejara entrar, como había hecho una vez, y soportar a la tía Ruth mascullando durante semanas. Ir a la pensión de Ilse (las chicas todavía no se habrían acostado) como también había hecho una vez y como, sin duda, la tía Ruth esperaba que hiciera ahora, pero entonces Mary Carswell se lo contaría a Evelyn Blake y Evelyn Blake se reiría con malicia y se lo contaría a todo el instituto. Emily no tenía intención de hacer ninguna de las dos cosas; supo desde que encontró la puerta cerrada con llave qué haría. Se iría caminando a la Luna Nueva ¡y allí se quedaría! Meses de irritaciones sofocadas bajo las indirectas perpetuas de la tía Ruth explotaron en un fuego de rebelión. Emily pasó por el portón, lo cerró de golpe a sus espaldas sin nada de la dignidad de los Murray, pero con mucho de la pasión de los Starr e inició los once kilómetros de caminata en medio de la noche. De haber sido cien hubiera emprendido el camino igual. Tan enfadada estaba y tan enfadada siguió que la caminata no le pareció larga ni sintió, aunque no tenía más prenda que una chaqueta de tela, el frío de la noche de abril.




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