Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

La nieve del invierno se había fundido, pero el camino despejado estaba cubierto de hielo y era áspero, no lo ideal para las delgadas zapatillas de cabritilla, regalo de Navidad del primo Jimmy. Con una risa que le pareció sombría y sarcástica, Emily pensó que, después de todo, era una suerte que la tía Ruth hubiera insistido en que se pusiera medias de cachemir y enaguas de franela.

Aquella noche había luna, pero el cielo estaba cubierto de nubes grises y el paisaje duro y despojado se extendía, hosco, a la luz gris pálida. El viento venía en bocanadas súbitas y gimientes. Emily sintió, con una considerable satisfacción dramática, que la noche armonizaba con su estado de ánimo tormentoso y trágico.

Nunca volvería a casa de la tía Ruth; eso era seguro. A pesar de lo que dijera la tía Elizabeth (y tendría muchas cosas que decir, de esto tampoco cabía duda) y a pesar de lo que dijera nadie. Si la tía Elizabeth no le permitía ir a otra casa, dejaría el colegio. Sabía que en la Luna Nueva provocaría un gran tumulto. No le importaba. En su estado de ánimo intrépido los tumultos eran bienvenidos. No se humillaría otro día más, ¡eso no! La tía, al fin, había ido demasiado lejos. No se podía llevar a una Starr a tal estado de desesperación sin sufrir las consecuencias.


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