Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Acompañó a Emily hasta la puerta y la cerró. Apagó todas las velas menos una. Se quedó mirándola un momento y entonces, seguro de que Elizabeth no lo oiría, el primo Jimmy dijo, con fervor:

—¡Qué Ruth Dutton se vaya a… a… —pero al primo Jimmy le faltó valor—… al cielo!

Emily volvió a Shrewsbury bajo la clara luz de la luna. Había esperado que la caminata fuera aburrida y agotadora, desprovista del ímpetu de la ira y la rebeldía. Pero descubrió que éstas se habían transmutado en algo bello, y Emily era un «eterno esclavo de la belleza» de los que Carman ha cantado que son, sin embargo, «amos del mundo». Estaba cansada, pero su cansancio se dejaba entrever en una cierta exaltación de sentimiento e imaginación que experimentaba siempre que estaba fatigada. El pensamiento era rápido y activo. Tuvo una serie de brillantes conversaciones imaginarias y pensó tantos epigramas que se sorprendió agradablemente de sí misma. Era bonito sentirse intensa, interesante y viva una vez más. Estaba sola, pero no se sentía solitaria.

Mientras caminaba dramatizó la noche. Había en ésta un encanto salvaje, indómito, que despertaba una cierta veta salvaje oculta en lo más profundo de la naturaleza de Emily, una veta que deseaba caminar donde quería, sin otra guía que sí misma, la veta del gitano y del poeta, del genio y del tonto.


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