Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Estoy sentada en el alféizar de la ventana abierta en mi querida habitación. Es hermoso volver de vez en cuando. Fuera, más allá del bosque de John el Altivo, hay un suave cielo amarillo y se alcanza a ver una estrellita muy blanca donde el amarillo pálido se desvanece en un verde más pálido. A lo lejos, en el sur, «en regiones mansas de aires calmos y serenos», hay grandes palacios de nubes hechos de mármol rosado. Inclinado sobre el cerco hay un cerezo silvestre que es una masa de capullos semejantes a gusanos color crema. Todo es tan hermoso… «el ojo no se contenta con ver ni el oído con oír».

A veces pienso que no vale la pena tratar de escribir nada cuando todo está ya tan bien expresado en la Biblia. Ese verso que acabo de citar, por ejemplo, me hace sentir como un pigmeo en presencia de un gigante. Sólo una docena de palabras, pero ni una docena de páginas podría expresar mejor lo que uno siente en primavera.

Esta tarde el primo Jimmy y yo hemos plantado nuestro lecho de aster. Las semillas llegaron en seguida. Evidentemente la firma todavía no ha quebrado. Pero la tía Elizabeth piensa que son semillas viejas y que no germinarán.



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