Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Saltaron un cerco, subieron la ladera de una colina cubierta de aster y fueron tragadas por los bosques Malvern, cruzados y vueltos a cruzar por docenas de senderos internos. El mundo desapareció detrás de ellas y quedaron solas en un reino de belleza silvestre. A Emily el paseo a través del bosque le pareció demasiado corto aunque a Ilse, que estaba cansada y que se había hecho daño en un pie con una piedra, le pareció desagradablemente largo. A Emily le gustaba todo: le gustaba ver la cabeza de oro de Ilse, resplandeciente, contra los troncos verdes grisáceos y bajo las largas ramas que se mecían; le gustaban las suaves notas soñadoras de los pájaros; le gustaba el vientecito vagabundo, susurrante, travieso, del atardecer entre las copas de los árboles; le gustaba la fragancia increíblemente delicada de las flores y las plantas del bosque; le gustaban los pequeños helechos que rozaban los tobillos de seda de Ilse; le gustaba aquello blanco, esbelto, atormentador que brillaba un momento al final de un sendero serpenteante, ¿era un abedul o una ninfa del bosque? No importaba, le había dado esa puñalada de absoluto éxtasis que ella llamaba «el destello», ese algo de valor incalculable cuyas imprevistas y fugaces apariciones equivalían a ciclos de mera existencia. Emily seguía avanzando, pensando en lo maravilloso del camino y no en el camino mismo, siguiendo abstraída a Ilse, que cojeaba, hasta que al fin los árboles desaparecieron ante ellas y se encontraron en campo abierto, con una especie de pradera al frente y, más allá, en el crepúsculo claro, un valle largo y ondulado, bastante desnudo y desolado, donde las granjas no parecían muy lucrativas ni muy cómodas.