Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Junto a la mesita cubierta con un mantel de encaje blanco, había una mujer sentada, una mujer alta, robusta, anciana, que llevaba sobre sus espesos cabellos grises una impecable cofia blanca de viuda, como usaban todavía, en los primeros años del siglo, las viejas mujeres escocesas. Lucía un vestido color ciruela con un gran delantal níveo, y lo llevaba con el aire de una reina. Sobre el pecho llevaba un impecable chal azul. Tenía el rostro extrañamente blanco y muy arrugado, pero Emily, con su don para ver lo esencial, vio al instante la fuerza y la vivacidad que aún caracterizaban cada rasgo. También vio en los hermosos ojos celestes que su dueña había recibido un gran golpe en algún momento. Debía de ser la anciana señora McIntyre, de la que había hablado la señora Hollinger. En ese caso, la anciana señora McIntyre era un personaje de verdad muy digno.
La señora McIntyre estaba sentada con las manos cruzadas sobre la falda, mirando fijamente a Emily con unos ojos en los que había algo difícil de definir, algo bastante extraño. Emily recordó el hecho de que se suponía que la señora McIntyre estaba «un poco chiflada». Se preguntó, no muy cómoda, qué debía hacer. ¿Debía hablar? La señora McIntyre le ahorró el problema de decidir.
—¿Es posible que tengas antepasados escoceses? —preguntó, con una voz inesperadamente rica y poderosa, plena del delicioso acento escocés.