Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Anoche escribí una historia y la tía Elizabeth se enteró de lo que estaba haciendo y se enfadó mucho. Me reprendió por perder el tiempo. Pero no era tiempo perdido. Yo crecí en esos momentos, sé que sí. Y hay algo en una de las frases que me gusta. «Temo al bosque gris», me proporciona mucho placer. Y «blanca e imperiosa recorría ella el bosque oscuro como un rayo de luna». Me parece muy bonito. Pero el señor Carpenter dice que cuando a mí algo me parezca muy bonito tengo que tacharlo, pero ¡no puedo tachar eso!, al menos todavía no. Lo extraño es que unos tres meses después de que el señor Carpenter me dice que tache algo llego a estar de acuerdo con él y me da vergüenza. Hoy el señor Carpenter ha estado muy duro con mi redacción. No encontraba nada bien.

«Tres ay de mí en un párrafo, Emily. ¡Uno solo habría sido excesivo en este año de gracia! ¡Más irresistible, Emily, por lo que más quieras, escribe en inglés! Eso es imperdonable».

Y tenía razón. Me di cuenta y sentí que la vergüenza me bajaba de la cabeza a los pies como una oleada roja. Entonces, cuando el señor Carpenter hubo marcado con lápiz casi todas las frases y sonreído ante mis frases más lindas y me hubo dicho que yo era demasiado aficionada a poner «cosas inteligentes» en todo lo que escribía, arrojó sobre la mesa mi cuaderno, se llevó las manos a los cabellos y dijo:


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