Emily lejos de casa
Emily lejos de casa «La impertinencia, señorita, no tiene nada que ver con el ingenio», soltó la tía Ruth.
No quise ser impertinente, pero me irrita que me pongan a Andrew así delante de los ojos. Andrew va a ser uno de mis problemas. A Dean le parece muy divertido, él sabe, como lo sé yo, lo que se está tramando. Siempre me hace bromas con mi enamorado de cabellos rojos, mi e. de. ca. r., abreviado.
«Es casi un edecán», dijo Dean.
«Pero jamás será un decano», repliqué yo.
Por cierto que el pobre y querido Andrew es lo más prosaico del mundo. Sin embargo, me caería bastante bien si no fuera porque todo el clan Murray literalmente me lo tira encima. Quieren tenerme comprometida y a salvo antes de que tenga edad suficiente para escaparme con alguien y, ¿quién más seguro que Andrew Murray?
Ay, como dice Dean, nadie es libre, nunca, salvo por algunos breves instantes, cuando viene el «destello» o cuando, como aquella noche en el pajar, el alma se interna en la eternidad por unos momentos. El resto de nuestros años somos esclavos de algo: las tradiciones, las convenciones, las ambiciones, los parientes. Y a veces, como esta noche, creo que los últimos son la servidumbre más difícil de todas.
La Luna Nueva
3 de diciembre de 19…