Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Muy despacio, abrió la puerta y bajó de puntillas, aterrada ante cada escalón crujiente. La tía Ruth, que dormía en el gran dormitorio del frente, al otro extremo del salón, seguramente oiría los crujidos. Eran tan fuertes que despertarían a un muerto. Pero no despertaron a la tía Ruth y Emily llegó al comedor, encontró la cartera, y estaba a punto de volver cuando por casualidad miró hacia la repisa del hogar. Allí, apoyada contra el reloj, había una carta para ella que había llegado, evidentemente, en el correo de la tarde, una linda cartita delgada con la dirección de una revista en un extremo. Emily dejó la lámpara sobre la mesa, abrió la carta, encontró la aceptación de un poema y un cheque por tres dólares. Las aceptaciones (y en especial las aceptaciones con cheques) seguían siendo acontecimientos tan poco comunes para nuestra Emily que siempre la alteraban bastante. Se olvidó de la tía Ruth, se olvidó de que eran casi las once de la noche: se quedó allí fascinada, leyendo una y otra vez la breve nota, breve pero ¡ay, qué dulce! «Su encantador poema»… «quisiéramos seguir recibiendo más trabajos suyos»… sí, claro que iban a recibir más trabajos suyos.
Emily se volvió, sobresaltada. ¿Habían llamado a la puerta? No, a la ventana. ¿Quién era? ¿Qué pasaba? En seguida, vio a Perry de pie, en la galería lateral, sonriéndole a través de la ventana.